michael 3

Amor eterno

Mi juventud fue maravillosa y marcada fuertemente por el deporte. Mi pasión total era el hockey sobre hielo. Mi esfuerzo del 100% me llevó del equipo junior ampliado U16 a participar en la liga nacional B con el EHC Chur de Suiza.

Además del hielo, yo era bien activo y “disfrutaba” la vida. Grandes cantidades de alcohol, drogas blandas, fiestas y ligues femeninos me llevaron cada vez más hacia un callejón sin salida. Este remolino me llevó a tal profundidad, que mi carrera deportiva y dos relaciones fracasaron por ello. Con 29 años había llegado al fin.

La última chispa de amor fue arrancada de mi corazón cuando se rompió la relación que tenía entonces. Ya no sentía ni experimentaba ningún amor en mi interior. Estaba “muerto” en vida.

Este vacío me llevó a pensar en el suicidio y llegó al máximo en la primavera del 2004, con una borrachera de alcohol y drogas (grado de alcoholemia del 2,4). Llegué al punto de descargar toda mi frustración, mi agresión y mi descontento en un coche aparcado. Mi derrumbamiento tuvo la consecuencia de que fui denunciado y arrestado por la policía. Debido a esta experiencia comenzó mi búsqueda por el sentido de la vida.

Una idea me llevó a ver a mi antiguo profesor de religión (habían pasado 16 años desde entonces). “Tómate el tiempo de un mes y pide una señal de Dios. Comienza a leer los evangelios (en el Nuevo Testamento) y pide a Jesús que se revele. ¡Si no viene nada, no hay nada! Sus palabras fueron un reto.

La misma noche comencé a leer la Biblia que me había regalado. Mi oración fue: “Jesús, si realmente existes, dame una señal, por favor tócame”. Cada día leía un pequeño pasaje, hasta que de repente durante esta oración, sentí claramente que algo me tocaba la oreja derecha.

Después de leer la Biblia en la cama quise apagar la vela de mi mesilla de noche. Como la llama ni siquiera se movió con el primer soplido, me acerqué mucho y soplé con más fuerza. ¡Ni un movimiento! Era como si hubiese una mano invisible en medio. Ahora mi búsqueda de Dios se hizo más intensiva.

En el segundo encuentro con mi profesor, me dio un folleto con el título “Conocer a Dios personalmente” y oró por mí. En casa leí el apartado “Entrega de tu vida a Jesús”. Esto tocó el fondo de mi corazón y enseguida me di cuenta de que hasta ahora había estado separado de Dios. Solamente quería una cosa: confiar mi vida a Jesucristo y aceptarle como mi salvador personal.

Poco después me encontré con Renzo, un ex toxicómano (dependiente de la heroína durante 22 años) que me confirmó, que por medio de Jesús, fue liberado de todas sus adicciones. Dios entró en mi vida con toda su fuerza, así mi vacío se convirtió en plenitud y alegría indescriptible. Inmediatamente quedé libre del alcohol.

Más tarde conseguí dejar de fumar porros cuando Renzo me aconsejó que orara lo siguiente: “¡Jesús, por favor quítame esta necesidad!”. También esto se solucionó, y desde entonces estoy totalmente libre de fumar porros y tabaco. Sí, Jesús ha hecho de mí una persona nueva y me ha dado la oportunidad de contárselo a mucha gente.

En lo más profundo de mi ser tengo la absoluta convicción de que estaré con mi Padre celestial y con Jesús, después de morir. Él ha dado su vida por mis pecados. Ahora vivo para Él.

El versículo de mi confirmación se ha convertido en el lema de mi vida: Jesús dijo: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos (Mateo 10:32).

La Biblia nos enseña que nuestra decisión en esta tierra tiene consecuencias eternas. Tú eliges si quieres vivir unido a Jesús (en el cielo) o separado de Jesús (infierno). ¡Tu decisión es definitiva para la eternidad!

He confiado mi vida a Jesucristo con la siguiente oración: “Padre en el cielo, me he dado cuenta de que yo llevaba las riendas de mi vida y estaba separado de ti. Perdona mi culpa. Gracias que has perdonado mis pecados porque Jesucristo ha muerto por mi y ha sido mi Salvador.

Señor Jesús, por favor toma el mando en mi vida y cámbiame para hacerme tal y como quieres que sea, amén”.

Miguel